Unos días después de cumplir dieciocho meses de sobriedad, supe que me había llegado el momento, con la ayuda de Dios, de hacer lo correcto por corregir la situación. Había aprendido en AA sobre el poder del perdón y la libertad que esto brinda, ya sea al ser perdonado como al perdonar a los demás. Deseaba esa libertad. Mi amigo estaba muerto; no podía cambiar eso. Lo que podía hacer era reparar el daño por alimentar mi resentimiento de forma egoísta. Había consumido tanta energía en una ira y un odio inútiles, que la mejor forma de corregir la situación era hacer lo que pudiera para fomentar la sanación.
LV, febrero 2001. “Agonía espiritual”. Holly H., Huntsville, Alabama









