De alguna manera, el sentirnos solos con Dios no parece tan dificultoso como encarar a otra persona. Mientras no nos sentemos a hablar en voz alta sobre todo aquello que hemos escondido durante largo tiempo, nuestra buena disposición para limpiar totalmente nuestra casa no pasará de ser una mera teoría. Cuando somos honrados con otra persona, tenemos la confirmación de que hemos sido honrados con nosotros mismos y con Dios.
Como lo ve Bill. Grapevine, agosto de 1961








